Temblabamos, de la cabeza a los pies; presos de la excitación, de lo prohibido, del juego de palabras y de suaves insinuaciones, la broma de las fotos escondidas, el deseo de convertirme en tu fantasía. Tus labios apretándose suavemente contra los mios, mis brazos rodeandote en un cálido abrazo, más paternal que amatorio, tus manos buscando asideros invisibles y mi lengua tratando de explorarte; nuestras miradas centradas en nuestros ojos, tu aroma mi Musa, tu aroma aún lo llevo en mi garganta, atrapado en mis pulmones dispuesto a salir en forma de aullido.
Seguimos besandonos enteros, tratando de abrevar en esos labios las ánsias postergadas en una irreal vida pasada. Me conmuevo al escucharte, susurras mi nombre en mi oido, pensando que de esa manera no desaparecería o que tal vez de ese modo no nos convertiríamos en estatuas de sal.
Me sumerjo en esa noche donde nuestros cuerpos trenzados, ensamblándose en una silenciosa coreografía jamás ensayada, se complementaron, se volvieron uno, a base de caricias, sangre, lágrimas y amor. Jamás olvidaré los detalles, la música que sonaba en el autoestereo y la manera en que La luna escurría suavemente por el quemacocos del carro, por primera vez en esta vida nos uníamos.
Por primera vez, en esta vida comenzaba a perderte.
