Una disculpa queridas, queridos lectores, por este Post tan trasnochado, pero era necesario escribir el día de hoy, no por la multa, si no por el hecho que me gusta hacerlo y de una u otra forma, también es una forma de desahogo.
Pero empecemos por el principio.
Hoy Mafalda y su S.S., habiamos quedado en comer juntos, pero se presentó una situación en la oficina y tuve que atenderla, así que aunque le pedi disculpas a Mafis, por la violenta cancelación, ahora te pido una disculpa pública.
Despues de un ajetreado día, iba de salida y recibí una llamada, de esas que nunca esperas recibir, mi estimado Solín, me llamó para decirme que un tío mutuo había fallecido (nos decimos primos y tíos porque nos conocemos de toda la vida, crecimos juntos y los adultos de esa época nos vieron crecer). Esa noticia me afectó mucho, pues apenas un año atrás lo vi, aunque con la salud mermada; primero por una deficiencia renal y luego complicaciones por causa de la diabólica; pero siempre de buen humor.
Acudí a casa de Ele, con un dolor de cabeza, el día pesado y rematado por una noticia de ese tamaño. Sin embargo, estuvimos trabajando en planes, muchos planes e irremediablemente me sentí reconfortado por sus palabras y su ánimo.
Me dió un aventón hasta el Velatorio Militar y me despedí de ella, un poco cabizbajo por el lugar. Al irme acercando al sitio, reconocí decenas de rostros, gentes con la faz compungida y a la vez risueña de aquellos de quienes nos reencontramos en lugares así. No les quiero platicar del velorio, creo que todos al menos, han acudido a alguno en algún momento de su vida (la de ustedes, no la del muerto), pero no quiero deseprovechar este espacio y rendirle homenaje a un hombre ni bueno ni malo, pero jamás tibio, un hombre odiado y adorado por sus subalternos, que llegó a ser cruel y déspota, pero también protector y amigo. Un hombre que me brindó grandes consejos, como a un hijo. Un hombre a quien llegué a querer por su bondad escondida en ese corpachón de ogro, y sus bruscos cariños. Un hombre que se va preocupado, pero que en donde está, seguramente se encuentra mejor.
Es entonces cuando la mejor manera de honrar a quienes nos dejan es recordándolos en vida, no en una fría cama de hospital o pudriéndose en el olvido. Por eso les comparto esta anécdota que me dejó marcado y que creó un vínculo especial entre dos seres de edades muy diferentes.
Tendría cinco o seis años, nos encontrábamos en una comida para celebrar un aniversario más de la graduación del Heróico Colegio Militar en donde nuestros papás estudiaron, recuerdo que fue en algún campo militar o muy cerca de uno, lleno de árboles, como bosque, en donde nos permitieron hacer una comida, tal vez carne asada o barbacoa.
Habían muchos niños, los papás echándose unos tragos (en ese entonces estaba permitido en algunas situaciones especiales), cantando, bromeando; pero entre toda esa alegría había algo que nos llamó a todos los niños la atención. Un Cabo de Caballería trajo (por orden de quién sabe quién) un caballito. Imaginen la emoción de un centenar de niños dispuestos a montar solos (como era mi caso) a un caballo de sangre, huesos y moscas por primera vez; el pobre Cabo al verse rodeado de chiquillos, levantó al que tenía más cerca y lo subió al lomo del animal, en seguida a otro chiquillo y a otro más, ¡TODOS ESTÁBAMOS SOLITOS! Todos emocionadísimos y felices; por fin, después de muchos niños y mucho rato, me tocó mi turno. Imaginen a este Lobo de cinco añitos, flacuchito, con el cabello como príncipe valiente y su sonrisa de oreja a oreja, los ojitos brillantes por la espectación y la emoción. El Cabo había colocado sus manos en mis axilas para subirme al caballito cuando... ...Un Teniente de Caballería fornido, güero y tan alto como mi papá se apareció para "poner orden" en nuestra bien organizada anarquía infantil. Ese era Julio Hijar compañero de mi papá desde que ingresaron como Cadetes del H.C.M., me arrebató de las manos del Cabo y con su voz de ogro bueno dijo -Pérense cabroncitos, formen una fila y quien no venga con su papá no puede subir al caballo. Salí corriendo a buscar a mi papá pues yo era el que seguía en la fila, ¡el Cabo ya me había cargado y me tocaba subir al caballo! Mi papá ya estaba entonadón (sí, estaba cantando y ya se había echado sus tecates) así que aunque le expuse de manera convincente mis argumentos para que acudiera con su vástago primogénito a subirlo al caballito, ¡No me peló! Regresé hacia donde se encontraba el mentado animal, la muchedumbre de liliputienses y el entonces Teniente de Caballería Julio Hijar. Sentía crecer un nudo en mi garganta, mis ojitos anegados y decidí valientemente formarme nuevamente; al tocarme mi turno nuevamente (una hora después, más o menos), Julio Hijar me preguntó por mi papá y le dije que sí me había dado permiso de subirme al caballito, pero me dijo -No, si no viene tu papá, no te subes. Mientras decía esto subía al lomo del agobiado corcel a dos pinches chamacos que ni de la fiesta eran. En ese momento sucedieron muchas cosas: Miré hacia donde estaba mi papá muy quitado de la pena y ajeno a mi dolor; El nudo en mi garganta reventó y mis lágrimas surcaron mis mejillas ennegrecidas de carbón (no me pregunten porqué andaba tiznado, pero lo estaba), juegos y tierra. Miré al Teniente Hijar a la cara, mi cabecita echada completamente hacia atrás y con toda la sinceridad y respeto que puede tener un niño de cinco o seis años le grité -Pues chingué a su madre, pinche Don Julio. Y salí corriendo de ahí.
Años más tarde la anécdota se contaba en cada reunión de la "Antigüedad" (así denominan las generaciones en las escuelas militares), en cada boda y en cada ocasión en la que coincidíamos (que eran muchas puesto que era uno de los mejores amigos de mi papá), y se le quedó "Don Julio" como recuerdo a ese incidente y siempre me preguntaba si ya lo había perdonado por no dejarme subir al caballito, porque el briago de mi papá no me había acompañado, y yo las primeras veces colorado de la vergüenza y después como chanza íntima le decía -Por su culpa no entré al Colegio Militar, mi sueño era ser de Caballería como Usted, pero me traumó. Don Julio se desternillaba de la risa y me daba un abrazo de oso y dos chingadazos en el hombro. Así sucedía cada vez que lo saludaba y mis últimos meses en el ejército, él con sus consejos los hizo más llevaderos, pero no me convenció de quedarme a recibir lo que se tenía preparado para el Servicio de Justicia militar.
En fin, muchas veces pienso que debo de enfrentar así a la vida, gritarle a un gigante a la cara lo que no me parece, sé que he perdido un poco de ese coraje infantil, pero lo estoy retomando.
¡Gracias Pinche Don Julio, Te voy a extrañar!
La muerte es para quienes nos quedamos, mi más profundo pésame a mi Tía Angelita, Adrianita, Mony y Julito. Estoy con ustedes.
General de Brigada Diplomado de Estado Mayor Julio César Hijar Frías, ¡PRESENTE!
Aullidos luctuosos